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 Por: Javier Ongay - Entrepreneur

Quedan ya lejos los tiempos en que Herón de Alejandría creó la Eolípila, primera máquina de vapor, que luego James Watt, en el S. XVIII, perfeccionó hasta cambiar radicalmente la forma de trabajar al permitir la producción mecánica impulsada por agua y vapor. Luego llegó la electricidad, que facilitó la producción en masa y la división de tareas; eran los años finales del S. XIX. … Y luego llegó la 3º Revolución Industrial y la automatización merced a la electrónica y la informática.
 
Pero todo eso ya quedó atrás. Changying Precision Technology Company, una fábrica de teléfonos móviles ubicada en la ciudad china de Dongguan, hace ya un par de años reemplazó por androides a prácticamente la totalidad de su plantilla: de 650 trabajadores de carne y hueso pasó a 60. Y lo mejor es que, al día de hoy, la empresa certifica que sustituir a los humanos por robots ha supuesto un incremento de la producción de un 250% y la calidad también se ha visto mejorada reduciendo el número de defectos por producto del 25% al 5%. 





La revolución no es solo tecnológica sino de nuevos modelos de negocio
 
Cuando Sony lanzó su Walkman en 1979 pareció alcanzar lo máximo en reproductores de música que entonces usaban las cintas de cassette. Algo parecido ocurrió con Polaroid y su máquina de fotos instantáneas. La llegada del iPod y de Instagram respectivamente satisfacía las mismas necesidades, pero, sobre todo, supuso un cambio de paradigma en el modelo de negocio.

 
Esta es la esencia de la 4ª Revolución Industrial.
 
La digitalización está significando replantearse nuevas formas de diseñar, producir, comunicar y vender los productos. Tenemos ya las herramientas, cada vez más completas y accesibles, para hacer las empresas “Smart”, es decir, inteligentes. Los puntos de apoyo para esta revolución son básicamente los datos, la capacidad de analizarlos y su aplicación a tecnologías habilitadoras. ¿Qué significa esto?
 
Como usuarios de internet, de nuestro smartphone o de nuestra tarjeta de crédito, por ejemplo, vamos desperdigando información personal de casi todos los ámbitos de nuestra vida. Las empresas tienen recursos para almacenar dicha información, lo cual les permite adaptar su oferta cada vez más a nuestros gustos y micro-segmentar sus mercados con mayor precisión. Es evidente que el Big Data ha cambiado la forma de relacionarse con los clientes. Pero no es lo único.
La industria 4.0 se identifica porque aplica la digitalización también a los procesos de diseño y producción. Para eso están las “tecnologías habilitadoras” como la robótica, la fabricación aditiva (impresoras 3D) o la realidad virtual, entre otras.
 
Las empresas ya inmersas en la 4ª revolución industrial que, por tanto, han asumido la digitalización no solo como la incorporación de nuevas máquinas y tecnología sino como una nueva filosofía de creación y producción, se están encontrando con un inmenso horizonte de posibilidades que, poco a poco, se van haciendo realidad.

 
La virtualización de productos y procesos
 
Técnicamente se llama “digital twin” y consiste, como su nombre indica, en la posibilidad de realizar un “gemelo digital” tanto de producto como de fabricación. Así, se simulan y aplican sobre la pantalla del ordenador opciones de diseño, características de materiales, funcionamiento electrónico y/o mecánico del producto de que se trate.
 
De igual forma se puede replicar de manera virtual el proceso de producción hasta el mínimo detalle. La enorme ventaja de estos gemelos digitales es, como es fácil de imaginar, su versatilidad: los ensayos, los cambios, las mejoras pueden hacerse virtualmente sin comprometer recursos, materia prima ni maquinaria.
 
Y lo mejor de todo: una vez alcanzado el objetivo dispondremos de una codificación virtual que puede transformarse en real, es decir, en programación para aplicar a diseño de prototipos o cadenas de montaje para que se reproduzcan en la realidad todos los parámetros que previamente hemos ensayado y decidido en un entorno virtual.
 
La industria 4.0 está suponiendo ya una revolución con repercusión no solo en el ámbito productivo sino también en el social. Mejoran los productos, pero cambian los “recursos” humanos necesarios, entre otros. Los robots pueden sustituir a las manos del trabajador pero necesitan su inteligencia. Las maquinas son ya capaces incluso de aprender (machine learning), pero todavía no lo son de sentir, de responsabilizarse, de aplicar la voluntad, de crear y liderar equipos…

Por suerte, la revolución digital y una de sus consecuencias, la Industria 4.0, aún están bajo el control de quien las ha hecho posible: el ser humano y su inteligencia “natural”.









 



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